DIBUJO REFERENCIAL
GUADALUPE
VALENCIA: EL HOMBRE QUE CAMINÓ POR EL AIRE EN CHICLAYO (1925)
En la historia urbana de Chiclayo existen episodios
que, aunque pertenecen a un pasado lejano, han quedado asociados a la memoria
de la ciudad por la singularidad de los acontecimientos y por la profunda
impresión que causaron entre sus habitantes.
El panorama de las distracciones públicas en el
Chiclayo de los años veinte combinaba las funciones de cine mudo en los teatros
Pathé y Gaumont con las arriesgadas presentaciones de las grandes compañías
circenses. Entre todos los espectáculos que marcaron la memoria colectiva
lambayecana, ninguno quedó tan grabado como la temeraria demostración de
Guadalupe Valencia, un célebre acróbata y funambulista (equilibrista sobre el
alambre) de origen mexicano, cuyas hazañas en la cuerda floja suspendieron el aliento
de la ciudad entera y generaron crónicas que hoy se bifurcan entre el rigor
periodístico de la época y la nostalgia de la tradición oral.
El equilibrista mexicano Guadalupe Valencia llegó
al norte peruano como integrante del circuito del Circo Hipódromo Cavallini
—conocido también como Circo Cavallini o Circo de los Hermanos Cavallini—. Su
paso por Chiclayo, situado hacia marzo de 1925, debe entenderse dentro de una
tradición mucho más amplia: la de los grandes circos itinerantes que recorrían
las ciudades llevando artistas nacionales y extranjeros, animales, músicos,
payasos y acróbatas; en fin, espectáculos capaces de convertir cualquier plaza
o descampado en el centro de atención de toda la población.
El Circo Cavallini empleaba, entre otros recursos
publicitarios, los llamados “pizarrines”, los cuales se colocaban en lugares
concurridos para anunciar determinadas atracciones y generar expectativa antes
de las funciones. En ese ambiente se insertó Guadalupe Valencia, presentado
como un extraordinario artista de equilibrio sobre cable. Su especialidad
consistía en caminar a considerable altura utilizando una barra como
contrapeso, lo que añadía a las funciones un componente de altísimo riesgo.
Ya existían referencias anteriores que permiten comprender la dimensión de su espectáculo: en Bolivia su nombre había acaparado portadas y, en noviembre de 1924, realizó una aclamada prueba pública en la Plaza de Armas de Arequipa.
VALENCIA EN BOLIVIASegún el material de la época, el episodio más
recordado de Guadalupe Valencia en Chiclayo tuvo como escenario el Parque
Principal, donde el 4 de marzo de 1925 ofreció una impresionante demostración.
La gran atracción que movilizaba multitudes eran sus actos de cable exterior en
pendiente (conocidos como el "vuelo").
La prueba consistía en recorrer un cable de acero
tensado desde un punto situado en las inmediaciones de la entonces Botica El
Parque, del Dr. Aita (donde hoy se ubica Inkafarma), hasta la segunda torre del
reloj de la Catedral.
La imagen del equilibrista ascendiendo por el
cable, suspendido sobre el espacio urbano, constituyó una escena extraordinaria
para una ciudad que veía transformado su centro en un escenario de espectáculo.
Eran casi las 5:30 de la tarde y, ante unos tres mil espectadores, Valencia
avanzó hacia la torre con los ojos vendados, valiéndose únicamente de una vara
de fierro de tres metros.
Un silencio helado, dominado por los nervios de la
muchedumbre, sobrevolaba la plaza. Frentes sudadas y ojos desorbitados por la
desesperación contemplaron cómo, a mitad del trayecto, el artista —que no veía—
equivocó el paso y amagó con caer sobre los impasibles adoquines de la calle
Elías Aguirre. Tras recuperar heroicamente el control, terminó de subir para
luego bajar resbalándose por el cable, desatando la euforia y el asombro
colectivo.
Por aquellos días, el fenómeno de El Niño de 1925
había provocado graves lluvias e inundaciones en Lambayeque, alterando las
actividades cotidianas y devastando la economía local. En la jerga circense,
este tipo de exhibiciones públicas formaba parte del llamado “bombo”: una
acción publicitaria para generar expectativa e impulsar la afluencia del
público. Sin embargo, en esta oportunidad el espectáculo funcionó bajo la
modalidad "a la gorra". Dado que la población norteña sufría pérdidas
materiales devastadoras, el circo no podía cobrar una entrada formal bajo
carpa. Las exhibiciones de Lupe Valencia se montaron al aire libre y de forma
gratuita para levantar la moral de una comunidad golpeada por el desastre,
haciendo depender las ganancias del artista únicamente de la colecta masiva
posterior.
El Circo Hipódromo Cavallini pertenecía a una
dinastía familiar de gran arraigo en el Perú. Su trayectoria se extendió
durante décadas y descentralizó el entretenimiento recorriendo numerosas
provincias. A las acrobacias y al equilibrio sumaba números cómicos,
malabaristas, magos, luchadores y animales amaestrados. Décadas más tarde, el
nieto del fundador, el recordado artista Guillermo Cavallini Osores, daría el
salto a la televisión peruana como integrante del célebre programa humorístico Risas
y Salsa, popularizando a nivel nacional su icónica
frase: “¡Ay, que rico!”.
Un personaje menos conocido en esta
reconstrucción histórica, fue Manuel Alegre, representante de Valencia.
Mientras el artista deslumbraba al público, Alegre manejaba la estructura
administrativa y de negocios. A él debían dirigirse las autoridades
municipales, empresarios o particulares que desearan contratar al equilibrista,
saldar cuentas o favorecerlo económicamente tras o para sus presentaciones.
La demostración de Valencia adquirió una dimensión
especial al apoderarse del corazón de la vida cotidiana chiclayana: el Parque
Principal y el entorno de la Catedral. Por unas horas, la plaza dejó de ser un
lugar de tránsito para convertirse en un gran teatro al aire libre al que
acudieron vecinos de todos los sectores para contemplar al hombre que caminaba
por el aire.
Con el paso del tiempo, la figura de Guadalupe
Valencia adquirió matices legendarios. La historia de su paso por Chiclayo no
es solo la biografía de un acróbata, sino el retrato de una ciudad que, hace un
siglo, abría sus brazos a las compañías itinerantes y convertía la rutina en
una fiesta popular.
El intrépido equilibrista continuó su gira
continental y falleció trágicamente dos años después. Perdió el equilibrio y
cayó al vacío durante una presentación pública en su natal México. Esa caída
final cierra la biografía de un hombre que, literalmente, vivió y murió en el
alambre. Sin embargo, para el pueblo de Chiclayo, Valencia no dejó el
recuerdo de su muerte, sino el testimonio inmortal de su momento de mayor
gloria y audacia.
SE HA
CONSULTADO:
-Revista Centenaria de Chiclayo (1935).
- “Del Chiclayo que se fue” de Miguel Ángel Diaz Torres (1993).
- “A Propósito” por Nixa: La hazaña de Guadalupe Valencia - “La
Industria” de Chiclayo (10-5-2005)
-Datos diversos obtenidos en línea.



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