EL FUNERAL DE MANUEL MARÍA IZAGA EN CHICLAYO (1907)
La muerte de Manuel María Izaga y Arbulú,
ocurrida el 9 de septiembre de 1907, significó uno de los acontecimientos
luctuosos de mayor impacto para la historia de Chiclayo a comienzos del siglo
XX.
Nacido el 5 de agosto de 1831, hijo de José
María de la Concepción Izaga Argüelles y Juana Arbulú y Clerk, se destacó como
agricultor, empresario, político y hombre público. Fue diputado por Chiclayo (1886),
senador por Lambayeque (1889) presidente de la Junta Departamental y un célebre
mediador para evitar una guerra civil en 1884, cuando Manuel José Becerra y
José Mercedes Puga amenazaban con tomar Chiclayo a sangre y fuego. De él se decía: “Cuando
hablaba don Manuel María, nadie podía resistir a su palabra convincente".
Asimismo, fue uno de los principales impulsores
del desarrollo agrícola de la región, especialmente de las haciendas Pucalá y
Tabernas. Influyente mienbro del Partido Civil y durante toda su vida fue reconocido por su generosidad y su
patriotismo. Casó con Emilia Virginia Caruel con quien tuvo ocho hijos.
Nota de aclaración histórica: Manuel María Izaga y Arbulú fue alcalde encargado en 1875 de Chiclayo. La confusión habitual proviene de la homonimia con su sobrino
Manuel María Izaga Lora, único hijo de su hermano José Ramon Rosendo con Rosa
Lora, quien ocupó dicho sillón municipal en tres periodos diferentes pero en el siglo XX.
En los últimos días de agosto de 1907, don
Manuel María Izaga emprendió un viaje hacia Europa. Su destino final era
Londres, donde debía someterse a una delicada intervención quirúrgica. Iba
acompañado por su médico de cabecera, el Dr. Ricardo Pazos Varela (destacado
médico limeño que por entonces laboraba en Cayaltí).
Sin embargo, mientras viajaba en barco a pocas
horas de arribar a Nueva York, sufrió una grave neumonía provocada por el
brusco cambio climático del Atlántico Norte. La enfermedad terminó
arrebatándole la vida antes de que pudiera llegar a Inglaterra.
La noticia llegó rápidamente a Chiclayo
mediante un cable enviado desde Panamá. El impacto en la localidad fue enorme;
la población, que aún mantenía la esperanza de verlo regresar restablecido,
quedó profundamente conmovida. Centros sociales, instituciones obreras,
autoridades civiles y religiosas, comerciantes, agricultores y ciudadanos
particulares organizaron de inmediato comisiones para preparar las honras
fúnebres.
Cuando el vapor Aconcagua, que
transportaba sus restos, arribó al puerto de Eten en los primeros días de
octubre, una multitud partió en un tren especial para recibirlo y rendirle
homenaje. Esta comitiva estuvo conformada por las comisiones organizadas
previamente y por la sociedad civil en general. Desde el puerto, el féretro fue
trasladado a Chiclayo en medio de un cortejo considerado por la prensa de la
época como uno de los más grandiosos que había presenciado el departamento. No
solo acudieron vecinos de Chiclayo, sino también delegaciones provenientes de
Lambayeque, Ferreñafe, Monsefú, Eten y Puerto Eten.
El tren especial, compuesto por un carro
fúnebre acondicionado especialmente para la ocasión y varios vagones de primera
clase abarrotados de pasajeros, fue recibido en la Estación de Chiclayo por un
inmenso gentío calculado en más de mil personas.
El cadáver venía en un lujoso ataúd de caoba,
primorosamente ornamentado con abrazaderas de plata y una placa del mismo metal
en la parte superior con su nombre grabado. El féretro fue conducido en carroza
hasta la residencia de la familia Izaga, ubicada en la calle San Isidro (vía
que hoy lleva su nombre). Allí se instaló una solemne capilla ardiente en el
salón principal, rodeada de una impresionante profusión de ofrendas florales.
A las 8:30 de la mañana del día siguiente, en
medio de un multitudinario acompañamiento, los restos mortales fueron
conducidos a la Iglesia Matriz de Chiclayo. En el templo se levantó un
elegante catafalco adornado sobriamente con arreglos florales. La misa de
réquiem fue celebrada por el cura vicario Jacinto Delgado, acompañado por otros
sacerdotes y por los misioneros descalzos establecidos entonces en la ciudad.
El oficio contó con la asistencia de distinguidas familias de todo el
departamento, mientras una orquesta y un coro religioso interpretaban la música
litúrgica.
Terminada la ceremonia, el ataúd fue llevado en
hombros por los asistentes hasta el cementerio de Patazca, en medio de
profundas muestras de respeto y silencio. Antes de proceder a la sepultura,
destacados personajes pronunciaron sentidos discursos de despedida:
DOS DE LOS ORADORES EN EL SEPELIO DE IZAGA
Juan de Dios Lora y Cordero: Habló en nombre de los clubes De
la Unión e Instrucción y Recreo.
Dr. Francisco Quiroz Vega (quien al año siguiente asumiría la
dirección interina del Colegio San José): Pronunció un discurso a nombre de las
instituciones obreras, reconociendo a Izaga como un benefactor de los
desposeídos.
Maximiliano A. Campos Pizarro (entonces director del Instituto
Departamental de Chiclayo y posterior tesorero de la Beneficencia Pública).
Eusebio Bravo (alcalde de Monsefú, pueblo donde
el fallecido gozaba de gran estima por haber colaborado económicamente en la
reparación de su templo y a petición como diputado logró se eleve a ciudad en
1888):
"(...)
Con cuánta justa razón te llora este departamento que te contó entre sus
preclaros hijos. Monsefú agradecida, Monsefú que te debe su título de ciudad,
me ha enviado como su representante para que deposite sobre su tumba una
siempre viva, en la cual está cifrada la gratitud de un pueblo entero
(...)".
Tras los discursos, se procedió a la inhumación
en la cripta especial sobre la cual se levantaría posteriormente el mausoleo de
la familia Izaga. Entre las innumerables ofrendas florales destacó una corona
con la inscripción: "La ciudad de Monsefú al eminente ciudadano
Manuel María Izaga, defensor infatigable de los derechos del pueblo".
CEMENTERIO DE PATAZCA DONDE FUE ENTERRADO M.M. IZAGA
El recuerdo de Manuel María
Izaga se prolongó en el tiempo: A un año de su muerte (9 de
septiembre de 1908): El periódico El Progreso publicó una extensa
nota titulada "¡In Memoriam!", firmada con las iniciales P.P.CH.
(atribuidas al reconocido médico Pedro Pablo Chacaltana Reyes), donde se leía:
(...)
¡Duerme en paz, querido amigo, el sueño eterno y tranquilo de los justos! Has
partido para siempre al ignoto más allá, donde no sabemos si te será posible
concentrar en un destello lo que fue tu radiante vida (...)".
En 1926: El diario La Crónica de Lima publicó el
reportaje "Un chiclayano ilustre: Don Manuel María Izaga",
acompañado de su retrato fotográfico y firmado por J.M.R.B. (iniciales
que corresponden al periodista José María Reaño Bocanegra), reafirmando la
vigencia de su legado casi veinte años después de su partida.
Hoy en día, sus restos reposan en el Cementerio
Presbítero Maestro, en el Mausoleo de la familia Izaga en la ciudad de Lima y su
nombre perdura en una de las arterias más importantes del centro histórico de
Chiclayo, un homenaje permanente de la capital lambayecana a un hombre que unió
a su pueblo tanto en vida como en el día de su último adiós.
FUENTES CONSULTADAS
La Tarde
(Chiclayo), 12 de septiembre de 1907.
El Departamento (Chiclayo), 8 de octubre de 1907.
El Progreso
(Chiclayo), 9 de septiembre de 1908.
La Crónica
(Lima), 30 de mayo de 1926. (Documentos pertenecientes a la colección de V.
M. Boggiano F.)
De
la Fuente, Nicanor (Nixa). "Salvó a Chiclayo de una revolución sin
suerte". En: Lundero, suplemento cultural de La Industria,
28 de diciembre de 1980.
De
la Fuente, Nicanor (Nixa). Columnas "A Propósito": "Con
el mismo nombre" (5 de febrero de 1995) y "El nombre de la
calle" (2 de octubre de 2006). En: La Industria de Chiclayo.
Datos
obtenidos del internet.
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