LA
HAZAÑA DE TSCHIFFELY: A 100 AÑOS DE SU PASO POR CHICLAYO (1926)
En la década de 1920, el mundo aún guardaba
rincones indómitos y distancias que parecían insalvables. Fue en ese escenario
donde un profesor suizo radicado en Argentina, Aimé Félix Tschiffely, concibió
una de las mayores epopeyas de la historia moderna: unir Buenos Aires y Nueva
York a caballo. Muchos tildaron la empresa de suicida; la prensa vaticinaba un
fracaso rotundo ante la geografía implacable del continente. Sin embargo,
Tschiffely no solo confiaba en su determinación, sino en la resistencia legendaria
del caballo criollo argentino. Así, junto a Gato y Mancha —dos ejemplares
rústicos de más de quince años de edad—, inició un viaje de más de 16,000
kilómetros el 23 de abril de 1925.
Tschiffely escribió la crónica de su viaje en 1933,
en un libro titulado: “Ten Thousand Miles in the Saddle from Southern Cross
to Pole Star” (“10,000 millas a caballo desde la Cruz del Sur hasta la
Estrella Polar”).
El año 1926 marcó un capítulo crucial de esta
aventura cuando la expedición pisó suelo peruano. Tras cruzar los
sobrecogedores y helados valles andinos y descender hacia la costa del
Pacífico, Tschiffely se topó con el desierto norteño, un territorio donde el
calor sofocante y los arenales ponían a prueba el temple de cualquier viajero.
Años después, recordaría este tramo con las siguientes palabras:
“Al llegar a los desiertos del Perú, sentí que me
abandonaban mis fuerzas. Repuesto de un desmayo prolongado, observé a mis dos
compañeros; tuve la sensación de que mi raid había terminado. Apenas
tenía fuerzas para levantarme. Vi a Mancha y a Gato con la cabeza baja;
resoplaban ansiando aire, asfixiados en un ambiente de infierno […]”.
Sin embargo, al acordarse de las promesas hechas al
Dr. Octavio Peró, al diario La Nación y a Emilio Solanet —quien le había
obsequiado los caballos—, así como de la energía que le enviaban sus amigos, se
dijo a sí mismo: «Seguí, gringo; levántate, gringo». Fue en uno de esos
tramos, avanzando entre la fatiga y el polvo, donde la silueta de Chiclayo
emergió en el horizonte como un auténtico oasis de hospitalidad.
La llegada de Tschiffely y sus dos compañeros de
cuatro patas a Chiclayo, entre fines de mayo y principios de junio, rompió la
monotonía de la apacible ciudad norteña. La noticia de un extranjero que
cruzaba el continente a caballo ya se había corrido como la pólvora, y el
pueblo chiclayano, conocido por su calidez y espíritu entusiasta, se volcó a
las calles para recibirlo. Para las familias locales de la época, ver entrar a
Gato y Mancha —cansados pero firmes, fue un espectáculo inolvidable. En aquel entonces,
los medios de transporte hacia los distritos cercanos seguían siendo rústicos o
a lomo de burro, por lo que ver a estos imponentes caballos patagónicos cruzar
las calles principales causó un verdadero revuelo.
Tschiffely relataría con gran gracia que, en los
caminos de entrada a los pueblos norteños, las cargas de pasto que llevaban los
burritos eran tan gigantescas y los animales tan pequeños, que a la distancia
parecía que los enormes fardos de alfalfa caminaban solos por el sendero.
En Chiclayo, Tschiffely encontró un respiro
necesario. El jinete aprovechó la parada para revisar los herrajes, limpiar los
aperos y, sobre todo, permitir que sus caballos descansaran y se alimentaran
bien con el excelente forraje de la región. Las crónicas de la época y los
recuerdos transmitidos entre generaciones narran cómo el suizo, con su trato
afable y pausado, conversaba con las autoridades locales y los arrieros de la
zona, quienes miraban con profundo respeto y asombro la fortaleza de los animales
criollos, tan diferentes a los caballos locales.
La preparación de Tschiffely en Chiclayo no estuvo
enfocada en el lujo, sino en la supervivencia extrema para el tramo que se
avecinaba: el temido desierto de Sechura. Su prioridad era llevar un equipo super
reducido y adaptado. Mandó fabricar odres especiales para el abastecimiento de
agua; adquirió anteojos protectores para él y buscó telas para proteger los
ojos de los caballos contra las tormentas de arena y el sol cegador. Además,
cambió su dinero a monedas de plata física, ya que en las zonas rurales del
norte del Perú el papel moneda no era aceptado para comprar forraje o pagar a
los guías.
Como Tschiffely viajaba con cartas de recomendación
de diplomáticos y del diario argentino La Nación, al presentarlas ante
el alcalde y los clubes sociales de Chiclayo se le abrieron las puertas de las
mejores caballerizas de la zona. Las autoridades departamentales le otorgaron
facilidades, salvoconductos oficiales y cartas de presentación para continuar
su camino, mientras que los arrieros locales le enseñaron la técnica de viajar
estrictamente de noche, guiándose por las estrellas y la luna para evitar que
el calor extremo sofocara a los animales.
Pocos días después, con las alforjas renovadas y el
agradecimiento a flor de piel, Tschiffely, Gato y Mancha se despidieron de Chiclayo
antes de adentrarse de lleno al desierto de Sechura, en los límites de
Lambayeque, a la ciudad de Lambayeque la describió así:
“Llegué a una pequeña ciudad llamada Lambayeque, el
patio de la comisaría estaba lleno de caballos que parecían estar a punto de
morir de sed y hambre; habían sido robados y esperaban ser reclamados por sus
legítimos dueños […] Llevé a todos los caballos al agua junto con los míos, les
compré a todos una buena ración de comida, aunque con esto probablemente solo
prolongué su sufrimiento”.
También nos relata lo siguiente sobre su estadía:
en muchas de las comisarías de policía donde durmió, vio inscripciones
patéticas escritas en las paredes, tales como: «Aquí sufrió inocentemente
durante dos meses Juan Rodríguez, víctima de sus desvergonzados enemigos
políticos», o “El buen y patriótico ciudadano peruano Pedro Álvarez pasó hambre
y lloró aquí durante 6 meses”. Incluso en varios cementerios vio epitafios
curiosos como: “Aquí yacen eternamente los restos mortales de X, por haber
robado una mula perteneciente a Y», y en otro lugar encontró: «Aquí yacen los
huesos de X, un buen hombre, pero un mal peleador”.
Para evitar lo peor del desierto, tuvo que variar
su ruta atravesando un desfiladero en la montaña llamado Portachuelo, llegando
así a Olmos, donde la comisaría local fue su lugar seguro de hospedaje. Al día
siguiente, tras avanzar unas tres millas, acampó. Las únicas cosas que le
perturbaron durante la noche fueron numerosas ratas; incluso una de ellas llegó
a morderle una oreja. Por la mañana, encontró su alforja con un gran agujero
hecho por los roedores para alcanzar el azúcar y las galletas, a pesar de que
siempre tomaba la precaución de engrasar todos sus implementos de cuero con
aceite de ricino, cuyo olor solía alejar los roedores.
Sin embargo, el paisaje también le ofreció
sorpresas agradables. Gracias a las lluvias casi milagrosas de los últimos dos
veranos, había abundancia de pasto alto; tan alto en algunos lugares que no
podía ver por encima de él a menos que se parara sobre el lomo del caballo. En
las zonas donde el campo era abierto y rocoso, grandes lagartijas verdes e
iguanas se asoleaban; las primeras tenían el peculiar hábito de mover una de
sus patas delanteras como si hicieran señas para que uno se acercara, al
intentar dar de beber a sus caballos en los pozos del camino, se dio cuenta de
que el agua era sumamente salobre y amarga. Felizmente, los animales rechazaron
el líquido, obligándolo a racionar el agua limpia que llevaba en los odres de
cuero. En este trayecto también tuvo que luchar contra los jejenes (moscas de
arena) y las garrapatas en sus caballos.
En el horizonte les aguardaba el imponente desierto
de Sechura, la frontera ecuatoriana, las selvas de Centroamérica y, finalmente,
las luces de la Quinta Avenida en Nueva York, a donde llegarían triunfantes en
septiembre de 1928. Sin embargo, en la memoria colectiva de Chiclayo quedó para
siempre grabado aquel año de 1926, cuando la mayor hazaña ecuestre del siglo XX
cruzó sus calles, demostrando que no hay distancia imposible cuando se cabalga
con el corazón.
SE HA CONSULTADO:
-“El viaje a caballo mas largo de la historia” de
Scott Seegers en “Selecciones del Reader’s Digest”de octubre de 1970.
-Revista “Variedades” de Lima # 1224 del 19 de
agosto de 1931.
-Diario “La Nacion” de Argentina del 28 de febrero
de 1998.
-“La Nación- Magazine”. Buenos Aires, Domingo 13 de
octubre de 1929- # 15.
-“Ten Thousand Miles in the Saddle from Southern
Cross to Pole Star” de Aimé Tschiffely. (1933).














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