sábado, 10 de octubre de 2026

LA CONFERENCIA ARROCERA DE CHICLAYO 1927-1928

 



La Conferencia Arrocera de Chiclayo de 1927-1928: El histórico primer Congreso Agrario de Lambayeque

En las primeras décadas del siglo XX, cuando los campos peruanos enfrentaban una de sus crisis más profundas y la dependencia de los mercados extranjeros amenazaba la seguridad alimentaria del país, surgió desde el corazón del norte una respuesta ejemplar. Fue la visión, la capacidad de organización y la determinación del pueblo lambayecano las que demostraron que, mediante el diálogo, la ciencia y la unión gremial, era posible descentralizar las soluciones nacionales y transformar la realidad productiva del Perú.

La Conferencia Arrocera de Chiclayo de 1927-1928, conocida históricamente como el Primer Gran Congreso Agrario de Lambayeque, fue promovida por los comités agrarios e industriales locales, la Cámara de Comercio y Agricultura de Chiclayo y la Estación Experimental Agrícola de Lambayeque. Las deliberaciones se iniciaron formalmente en las instalaciones del Concejo Municipal de Chiclayo el 12 de diciembre de 1927 y se consolidaron en los acuerdos de la asamblea del 29 de enero de 1928.

El arroz se había consolidado como la base de la dieta popular en las ciudades peruanas. Sin embargo, el mercado local era sumamente vulnerable a las fluctuaciones de los precios internacionales y a la importación masiva de variedades finas procedentes del sudeste asiático, Europa y Estados Unidos. La falta de mecanismos de protección aduanera limitaba drásticamente la rentabilidad de los agricultores de Lambayeque.

Ante el riesgo de una quiebra masiva de los productores y la degradación de la calidad del grano local, la Cámara de Comercio y Agricultura de Chiclayo —bajo la presidencia de Francisco Cúneo Salazar y a iniciativa del Ing. Agrónomo Luis Montero Bernales, jefe de la Estación Experimental Agrícola de Lambayeque— convocó a la primera Conferencia Arrocera para estudiar su problemática. El certamen se inauguró en el Salón Consistorial de la Municipalidad de Chiclayo con una agenda articulada en ocho ejes temáticos.



Pero, ¿quién fue el Ing. Montero Bernales? Fue un ingeniero agrónomo nacido en Pacasmayo en el año 1900, que llegó a vivir a Lima desde muy pequeño. Se recibió de ingeniero en 1921 y pasó a ocupar el puesto de segundo administrador en la hacienda «Unanue», en Cañete, donde comenzó a revelarse su espíritu investigador y progresista. La Sociedad Nacional Agraria lo comisionó a los Estados Unidos, de donde regresó en 1924 con nuevos métodos e implementos para el sembrío de algodón. Luego laboró en otras haciendas y, posteriormente, fue solicitado para fundar y dirigir la Estación Agronómica de Lambayeque. Fue enviado nuevamente a los Estados Unidos por el Gobierno peruano para estudiar la organización de las estaciones experimentales de esa nación y obtener semillas para ser experimentadas en la Estación de Lambayeque, adquiriendo conocimientos que serían de gran utilidad para la institución que iba a fundar. Esta inició sus labores a fines de 1927, extendiéndose después con subestaciones en Piura y Pacasmayo. Montero estuvo a cargo de la Estación hasta 1930, periodo en el que logró importantes avances para el cultivo del arroz y del algodón en el norte, y publicó en 1930 su libro El cultivo del arroz en el Perú.



El evento reunió a destacados representantes de la burocracia técnica, la propiedad agraria y el sector mercantil del norte del país. La mesa directiva estuvo presidida por Francisco Cúneo Salazar, acompañado por el Ing. Agr. Marco A. Souza, Augusto C. Townsend, Julio de la Piedra y Demetrio Perales.

  • Comisión Técnica y Estación Experimental: Liderada por los ingenieros Vicente Túpac Yupanqui y Luis Montero Bernales, junto con profesionales de la agronomía y la medicina rural como los doctores Juan Ugaz Maradiegue, Benjamín Gamarra y M. Castañeda, y los ingenieros Pedro Antonio Delgado Gutiérrez y Felipe Landa Hinojosa.
  • Delegación Lambayecana: Representando a Chiclayo (Alberto Cúneo, José Ignacio González, Ángel González Rodríguez, Alfredo Ibáñez, Teodoro Cosmópolis y el Ing. Luis Llona), Lambayeque (Enrique Baca, Antonio Monsalve, Felipe Barandiarán, Enrique Cárpena y Juan Aita), Ferreñafe (Ántero Salcedo, Genaro Barragán, Manuel Antonio Mesones Piedra, Aurelio Recuenco, Artidoro Ugaz Barrenechea, Demetrio Plaza, Dr. José Manuel Tejada, Guillermo de la Flor, Miguel J. Plaza y Alfredo Muro Tello), Chongoyape (Miguel Barragán Saldaña) y Zaña (Marco A. Souza, Federico de la Torre Ugarte y Emilio Miñano).
  • Delegación de Pacasmayo: Integrada por el ingeniero Rodolfo Calderón, Felipe Ganoza, Grimaldo del Solar, Luis B. Boza, Miguel Venegas Fernandini y Reinerio Rázuri. (Su integración fue un hito, pues rompió el aislamiento histórico entre los valles agrícolas de Lambayeque y La Libertad).

 


Uno de los puntos centrales de la Conferencia fue la disertación del Ing. Luis Montero Bernales respecto a la degradación botánica de los cultivos de arroz. Se demostró científicamente que el grano conocido localmente como «chino», «colorado» o «criollo» correspondía a la especie Oryza rufipogon (arroz silvestre o red rice), considerada una maleza nociva en la orizicultura mundial. Esta variedad rústica poseía una alta capacidad de macollamiento (emisión de tallos secundarios), pero su grano se desprendía espontáneamente hasta en un 60 % al madurar, contaminando el suelo y permaneciendo en estado de latencia por más de cuatro años.

Al poseer una cáscara muy adherida al grano, exigía un pulido mecánico agresivo en los molinos. Esto fragmentaba el grano, incrementaba la proporción de arroz partido («de segunda») y generaba sobrantes de polvillo. Al ser comercializado como arroz de calidad corriente, sufría una depreciación en su valor comercial superior al 50 % frente a variedades finas como Jamaica o Carolino. En la reunión también se leyeron extractos del importante estudio presentado por el Sr. Manuel Antonio Mesones Piedra sobre las ventajas experimentadas del «arroz chino o colorado», y los representantes de Pacasmayo expusieron su problemática.

El análisis del mercado evidenció una profunda desconfianza entre los productores agrarios y los dueños de los molinos industriales (piladoras). Mientras agricultores como Antonio Monsalve demandaban la prohibición radical de la siembra de arroz colorado, propietarios de fundos como Julio de la Piedra advirtieron que una erradicación inmediata dejaría sin sustento económico a los pequeños campesinos cuyas tierras estaban fuertemente infestadas. Fueron muchas las intervenciones de los asistentes.

Para resolver el estancamiento, la Conferencia constituyó una Comisión Investigadora integrada por Antonio Monsalve, Alfredo Ibáñez, José Manuel Tejada, Ántero Salcedo y el Ing. Montero Bernales. La comitiva se trasladó a Lima para entrevistarse con el presidente Augusto B. Leguía. La gestión derivó en la intervención directa del Estado mediante la compra pública de la cosecha de arroz colorado a un precio mínimo garantizado, lo que evitó la ruina de los agricultores y estabilizó la comercialización. Asimismo, las recomendaciones formuladas en Chiclayo fueron elevadas al Congreso de la República y al Poder Ejecutivo, sirviendo de base para la promulgación de aranceles proteccionistas contra la importación de arroz extranjero.



El incentivo tributario y el reemplazo gradual del arroz colorado por variedades seleccionadas (como la variedad Jamaica) permitieron un notable incremento en la producción regional. Para 1931, el Perú alcanzó la autosuficiencia arrocera absoluta, cubriendo el 100 % del consumo interno nacional y eliminando de forma definitiva la dependencia del grano importado.

La Conferencia Arrocera de Chiclayo de 1927-1928 trasciende como un hito indiscutible en la historia agraria y económica del Perú. Aquella asamblea, gestada por el liderazgo lambayecano para responder a una grave crisis de comercialización y plaga agrícola, demostró cómo la iniciativa regional, el rigor técnico y la concertación gremial pueden trazar el rumbo de toda una nación. Lambayeque no solo salvó a sus valles de la ruina, sino que le legó al Perú el camino hacia la soberanía alimentaria, consolidándose como el motor productivo y el referente de la agricultura del norte peruano.

Fuentes consultadas:

  • Revista La Vida Agrícola, n.º 49 (enero), n.º 50 (febrero) y n.º 51 (marzo) de 1928.
  • La obra de los ingenieros en el progreso del Perú, vol. IV (1934).
  • Diversas fuentes en línea.

 

sábado, 3 de octubre de 2026

OLMEDO QUIÑONES: EL RECIO DEFENSA CHICLAYANO

 



OLMEDO QUIÑONES: EL RECIO DEFENSA CHICLAYANO

Surgido de las entrañas de la cálida y gloriosa tierra de Chiclayo, Olmedo Quiñones Suárez se convirtió en uno de los defensores más respetados y emblemáticos del fútbol peruano. Desde los potreros chiclayanos hasta los grandes escenarios nacionales, su nombre quedó grabado como sinónimo de garra, solvencia y gallardía peruana.

Olmedo Quiñones Suárez nació en Chiclayo el 29 de marzo de 1915, fruto del hogar formado por Pedro Quiñones y Gertrudis Suárez. Inició su andar futbolístico en el balompié norteño vistiendo las camisetas del White Star y del Boca Juniors de Chiclayo, dos de las instituciones más tradicionales de la Liga Chiclayana de la época (1935–1936). Sus actuaciones de gran firmeza en la defensa norteña despertaron rápidamente el interés de los clubes de la capital.

Su periodo de mayor esplendor lo vivió con Universitario de Deportes, club al que llegó en 1937 y donde militó hasta 1943. En la «U» se afianzó como el back izquierdo titular indiscutible, formando una recordada y sólida línea defensiva. Durante su estancia en el cuadro merengue se consagró dos veces Campeón Nacional de Primera División: en 1939 y 1941.



Bajo la dirección técnica del entrenador inglés Jack Greenwell, Universitario conquistó el título de 1939 desplegando un fútbol imbatible. En aquel plantel campeón, Olmedo Quiñones fue pieza clave en la alineación titular:

Arquero: Juan Honores, Defensa: Arturo Fernández (back derecho) y Olmedo Quiñones (back izquierdo), Mediocampo (half line): Augusto Villavicencio, Alfredo Biffi y Enrique Perales, Delantera: Willy Velasco, Enrique Quiñones, Teodoro «Lolo» Fernández, César Socarraz y Alfredo Alegre.

Entre sus actuaciones más memorables destaca la victoria por 2-0 ante Sport Boys en noviembre de 1939, donde Olmedo frenó la ofensiva rosada, y el electrizante triunfo por 5-3 sobre Sporting Tabaco (19 de noviembre de 1939), encuentro en el que defendió la zaga mientras su hermano Enrique atacaba por la banda.



El talento deportivo fue una marca distintiva en la familia Quiñones Suárez. Su hermano menor, Enrique Quiñones, también fue un destacado futbolista profesional chiclayano. A diferencia de otras historias entre hermanos, Olmedo y Enrique compartieron vestuario en Universitario de Deportes a finales de los años 30 y principios de los 40. Mientras Olmedo imponía orden y temperamento en la zaga como back, Enrique aportaba desequilibrio en el ataque como delantero. Ambos integraron las delegaciones cremas en célebres giras por Chile y Sudamérica, alineando junto a figuras legendarias como Teodoro «Lolo» Fernández.

A inicios de la década de 1940, tras la consecución del campeonato de 1939, Olmedo tuvo que alejarse temporalmente del primer equipo. Ante su ausencia, la directiva y el comando técnico le brindaron la oportunidad al joven zaguero Andrés da Silva, quien cubrió la posición con solvencia y cuyo juego aéreo lo llevó a consagrarse con el apodo de «El Mariscal».

En 1944, Quiñones pasó a las filas del Sport Boys del Callao, adueñándose de la zaga rosada gracias a su sobriedad táctica y gran condición física. Sin embargo, en 1945 sufrió un duro revés: durante un partido amistoso de preparación disputado en Paramonga antes de iniciar el torneo oficial, sufrió una severa fractura de pierna. La gravedad de la lesión, en una época con limitados avances en medicina deportiva, le impidió jugar la temporada de 1945 y provocó su salida del club porteño.

Lejos de rendirse, fichó en 1946 por el Sporting Tabaco, club tradicional del Rímac fundado en 1927. En el cuadro celeste aportó su jerarquía y lectura táctica durante cuatro campañas, compensando la pérdida de velocidad posterior a su lesión con un impecable juego aéreo y voz de mando.



Un hito especial ocurrió el 5 de enero de 1947, cuando Universitario visitó Chiclayo para medirse ante el Juan Aurich. En aquel encuentro histórico, el Aurich se presentó reforzado con distinguidos futbolistas chiclayanos que actuaban en la capital, entre ellos Olmedo Quiñones, quien volvió a vestir la camiseta en su propia tierra natal ante el aplauso de su gente.

Mantuvo su nivel competitivo hasta su retiro definitivo en 1949, tras lo cual se dedicó a las actividades comerciales. Como detalle histórico relevante, el Sporting Tabaco —club donde concluyó su carrera— se transformó en diciembre de 1955 en el Club Sporting Cristal.

El 4 de junio de 1986, en el distrito de La Victoria (Lima), Olmedo Quiñones Suárez partió a la inmortalidad. Sin embargo, su legado perdura: el de un guerrero indomable que llevó con honor el temple, la hidalguía y el orgullo de su querida tierra de Chiclayo a lo más alto del fútbol peruano.

FUENTES CONSULTADAS:

  • Revista Deportiva Sport, N.º 113 (3 de mayo de 1947).
  • RENIEC: Partida de defunción de Olmedo Quiñones Suárez.
  • Archivos e investigaciones históricas del fútbol peruano en línea..

 


jueves, 1 de octubre de 2026

GUSTAVO TARRILLO: LA TRAYECTORIA IMBORRABLE DEL ARQUERO CHICLAYANO

 



GUSTAVO TARRILLO: LA TRAYECTORIA IMBORRABLE DEL ARQUERO CHICLAYANO

Hablar de Gustavo Tarrillo Ugaz es recordar a uno de aquellos hombres que llevaron el nombre de Chiclayo más allá de sus fronteras. Su trayectoria como arquero, estuvo marcada por grandes actuaciones, equipos de prestigio y memorables encuentros que quedaron grabados en la historia del fútbol peruano. Pero, más allá de sus cualidades deportivas, quedó siempre presente el vínculo y el cariño que mantuvo por su tierra de origen, Chiclayo, ciudad que lo vio nacer y dar sus primeros pasos en el deporte.

Gustavo Tarrillo Ugaz, popularmente conocido en el mundo del fútbol como "Tarro de Leche", fue un destacado arquero de las décadas de 1930 y 1940. Es recordado históricamente tanto por sus notables reflejos y su fortuna bajo los tres palos como por haber formado parte de planteles de renombre.

Nació en Chiclayo el 22 de setiembre de 1916. Sus padres fueron Noé Tarrillo Pérez y Natalia Ugaz Zeña. Desde su juventud en Chiclayo, Tarrillo destacó por una complexión física atlética y fornida. Antes de dedicarse de lleno al balompié, probó su estampa y sus fuerzas en diversas disciplinas como el básquetbol y el boxeo, siendo su deseo ser militar. Sin embargo, fue el fútbol el que terminó atrapándolo.

Antes de 1934 integraba las filas del equipo juvenil de la “Associatión” de Chiclayo y, hacia 1936, ya defendía la portería del Club “Deportivo Espinar”, con el que se coronó campeón en 1938 en el torneo oficial de la Liga Chiclayana. Destacó muy joven custodiando el arco de la selección chiclayana que logró el Subcampeonato Nacional en 1937.



En 1938, el seleccionado de Chiclayo se enfrentó al equipo argentino Lanús, perdiendo por 3 a 1. Su seguridad bajo los tres palos llamó la atención del mítico club “Alfonso Ugarte” de la Hacienda Chiclín, en donde jugó durante los años 1941, 1942 y 1943, quien en 1942 enfrentó al Banfield, perdiendo por 5 a 1. También jugó contra Estudiantes de La Plata, encuentro que terminó con derrota por 2 a 1, y en diciembre de 1943 enfrentó al Boca Juniors.

Su etapa de mayor consagración a nivel de clubes ocurrió en Lima con el cuadro de “los dinamiteros” o “cuadros cruzados”. Con el Mariscal Sucre FBC fue protagonista y pieza clave de las memorables campañas de los años 40, incluyendo la gira internacional por Colombia posterior al título nacional de 1944 obtenido por la institución.




Las crónicas deportivas de la época resaltaban que no era un guardameta amigo del espectáculo innecesario ni del adorno infundado; por el contrario, su sello distintivo era la sobriedad, la agilidad, una excelente colocación y una tranquilidad absoluta en momentos de máxima presión.

En aquel torneo de 1944, disputado por ocho clubes, el cuadro cruzado encontró un rendimiento parejo y eficiente, sostenido en líneas sólidas, con una pareja de centrales que hizo historia: la que conformaban José “Gallareta” Luna y Máximo “Macho” Gómez —abuelo de Mario “Machito” Gómez—. Su quinteto de ataque, con Julio Aparicio Ayllón como máxima figura, fue contundente y le reportó a Sucre la friolera de 40 goles anotados, contra solo 25 recibidos en el arco que compartieron Gustavo Tarrillo y Atilio Xamin.

En la gira de ese año de Racing Club de Argentina a Lima, el Sucre ganó por 2 a 1. Entre los cuarenta y los cincuenta, Sucre vivió experiencias diversas: peleó el título en 1949, la baja en 1950 y nuevamente el título en 1951.



Tras el campeonato de 1944, Mariscal Sucre realizó una célebre travesía internacional por tierras cafeteras. En esta gira, Tarrillo se convirtió en uno de los grandes protagonistas gracias a sus espectaculares atajadas de reflejos puros, consolidando allí su famoso apodo de “Tarro de Leche”, o “La Vaca Lechera”, por la inmensa fortuna que lo acompañaba bajo los tres palos en las jugadas de gol más inminentes.“Tarro de Leche”, o el “arquero lechero”, pues parecía que los disparos rivales iban directamente a sus manos o se estrellaban providencialmente en los postes. Ante esto, el propio Tarrillo declaraba con la humildad y sensatez que lo caracterizaban:

«No hay tal superstición o amuleto... son comentarios sobre mi buena estrella. Dicen que soy un "tarro de leche" porque en algunas oportunidades la pelota va dirigida a mi arco y choca en el travesaño o en el vertical. Son casualidades que a todos los arqueros les sucede y, naturalmente, mala puntería de los shoteadores.»

Tuvo una habilidad especial: nació con el sentido de la ubicación y la intuición. Además de la serenidad y de su buena colocación, logró desviar los cañonazos de Lolo Fernández y los cabezazos de Valeriano López.



Estuvo casado con Roxana Torres Aguirre, con quien tuvo dos hijos: Noé Ricardo y Mirian Isabel. Murió el 5 de junio de 1996, en La Victoria, Lima, a la edad de 79 años, ciudad donde radicó definitivamente tras su paso por el Mariscal Sucre FBC y donde ejerció su etapa como formador de menores en las ligas locales.

Más allá del terreno de juego, Tarrillo fue un estudioso del fútbol que se preparó formalmente en la Escuela Deportiva para Entrenadores, compartiendo aulas y cátedra con figuras e instructores de renombre como el Dr. Zaldívar, el Prof. Rubén García Cáceres y el Dr. Alberto Tito Denegri Aspauza, quien entrenó a la selección peruana entre 1936 y 1937.



Gustavo Tarrillo Ugaz dejó una huella imborrable como uno de los máximos exponentes del fútbol lambayecano y norteño. Su legado continuó en la memoria colectiva del deporte peruano y en su propio entorno familiar, siendo tío e inspiración directa del célebre periodista y dirigente deportivo Ricardo Miranda Tarrillo.

Pero, detrás de las camisetas, los estadios y las grandes jornadas deportivas, permaneció siempre el hombre que había nacido en Chiclayo. Aquella ciudad que lo vio crecer, que fue testigo de sus primeros pasos como deportista y desde donde comenzó a construir una trayectoria que lo llevaría a destacar en importantes escenarios del fútbol peruano. Gustavo Tarrillo nunca dejó de representar ese vínculo con su tierra de origen, al finalizar una entrevista que le hacen dice: “(…) los miles de aficionados del Perú, y en particular a los de mi tierra Chiclayo, el cálido saludo de un deportista que solo aspira a rendir más y mejor en obsequio de ellos”, y su historia ya forma parte también de la memoria deportiva del Dpto. de Lambayeque.

Hoy, al recordar su trayectoria, no solo se recuerda al arquero que recibió el entrañable apelativo de “Tarro de Leche”, ni al jugador que defendió con seguridad el arco del Mariscal Sucre FBC y de otros grandes equipos. Se recuerda también al chiclayano que llevó consigo el recuerdo de su tierra y que, desde el fútbol, dejó un nombre que merece permanecer en la memoria de las nuevas generaciones.

SE HA CONSULTADO:

  • Blog: Pelota de trapo – Tarrillo, arquero con suerte, de José Carlos Serván Meza.
  • Revista deportiva “Sport”, del 24-5-47, N.º 116, y del 19-7-47, N.º 124.
  • Revista “Equipo”, del 26 de setiembre de 1947 # 13 y del 20 de agosto de 1948, N.º 59.
  • Revista “Mundo Deportivo” del 4 de noviembre de 1937 # 47.
  • Consultas en línea.
  • RENIEC: Partida de defunción.

 


domingo, 20 de septiembre de 2026

CARMEN FLORES EN CHICLAYO: EL ECO DEL CUPLÉ Y LA COPLA (1925)

 

 


CARMEN FLORES EN CHICLAYO:

EL ECO DEL CUPLÉ Y LA COPLA (1925)

El año 1925 quedó marcado a fuego en el norte del Perú por los embates del devastador fenómeno de El Niño. Sin embargo, en medio de la reconstrucción y el ímpetu de una ciudad que se negaba a doblegarse, Chiclayo abrió paso a el arte y la cultura. El desembarco de Carmen Flores trajo en su voz un bálsamo, demostrando que incluso en los tiempos más convulsos, el eco de sus canciones poseía la fuerza necesaria para reconstruir el espíritu de toda una comunidad.

Carmen Flores (Carmen Pereira Barrera, 1896-1969) Nacida en Almendralejo (Badajoz). Fue la pionera absoluta del cuplé castizo, célebre por interpretar originalmente "La maja goyesca" en 1915 y convertirse en una de las figuras más cotizadas de los teatros de variedades de Madrid. Su fama la llevó a cruzar el Atlántico en la segunda década del siglo XX presentando su arte en Lima; llegó como parte de la prestigiosa compañía teatral de Arsenio Perdiguero (un reconocido empresario y actor de zarzuela español que giraba constantemente por América Latina). Durante esta temporada en la capital peruana, la artista realizó diversos actos de variedades en los que ejecutaba piezas de canto junto a figuras de la época como María Capilla y el bailarín Franco. Su presencia coincidió con los años del Oncenio de Augusto B. Leguía, una época de gran efervescencia en la vida social y nocturna de Lima. Haciendo luego su recorrido por provincias peruanas entre ellas Chiclayo, publicitándose como “tonadillera andaluza”.

La Tonadilla era una pieza musical breve que se cantaba dentro de las obras de teatro. Tenía un estilo alegre, satírico y costumbrista. La Copla tomó la base musical de la tonadilla, pero le sumó una enorme carga de drama, poesía y madurez vocal, convirtiéndose en canciones independientes sobre el amor, el desamor y los celos. Una tonadillera era una cantante que se especializaba en la tonadilla y, por extensión, en la copla andaluza o canción española.

La llegada de Carmen Flores a Chiclayo en 1925 causó gran impacto, alternando entre la pícara faceta de cupletista y la dramática interpretación de tonadillera que fascinó al público local. Esta dualidad artística, que iba desde el erotismo sutil hasta historias intensas de desamor, provocó aplausos y una profunda catarsis en la sociedad conservadora de la época.

Sus recitales se caracterizaban por un riguroso cambio de vestuario, destacando el uso de mantones de Manila, peinetas y batas de cola que fascinaban a los asistentes. El público chiclayano pudo corear piezas inmortales del cuplé y la copla, incluyendo por supuesto la evocación madrileña de "La maja goyesca" y pasodobles sentimentales.

Este paso por tierras lambayecanas reafirmó la fuerte conexión cultural entre España y el norte peruano, dejando una huella imborrable en los aficionados al teatro musical de la región.



El debut ocurrió el 19 de noviembre de 1925 en la sala cine teatro “Pathé”. Chiclayo vivía un auge cultural a pesar de estar viviendo los efectos de las peores lluvias; el día previo, el escritor Carlos Angulo Cavada ofreció una conferencia en el local de la Biblioteca Popular del histórico Club "Unión y Patriotismo".

Los asistentes al cine teatro “Pathe” pudieron escuchar aquella letra del cuplé "La maja goyesca", (letra de Álvaro Retana y música de Ricardo Yust):

En los tiempos lejanos de Goya
cierta noche nací en Lavapiés,
fui una maja muy retrechera
y como yo en mi barrio
no ha habido tres.

Las duquesas rabiaron de celos
al mirar mi figura gentil,
cuando en calesa bajé yo al río
con un majo de plante,
loco por mí.

Así como el resto de su repertorio como fue: La Sindicalista: Un cuplé cómico y de crítica social muy famoso en su voz, (el cual años más tarde sufrió problemas de censura). Cuplés picarescos: Piezas humorísticas como “El sexo fuerte”, “Guasa viva”, “Chulona y Evaristo”, “Agáchate que te han visto” entre otros.

Como lo dijimos párrafos arriba, previo al debut de Carmen Flores,  se presentó Carlos Angulo Cavada aquel 18 de noviembre de 1925, en el Club “Union y Patriotismo” (abogado, escritor, conferenciante y cronista de prensa internacional de nacionalidad argentina) quien basó casi toda su carrera de conferencista en ensalzar los lazos culturales entre España y América Latina. Al presentarse en el Club “Unión y Patriotismo” de Chiclayo, era sumamente estratégico y habitual que la prensa local lo introdujera como un "escritor español" para elevar el prestigio cultural del evento y apelar al sentimiento de la comunidad hispana local.

Para Chiclayo, el título de la conferencia debió seguir fórmulas como: "El Alma de América y los Imperativos de la Postguerra", "El Progreso de los Pueblos Americanos y su Destino Histórico", "La Solidaridad Continental y los Nuevos Ideales de la Juventud". Angulo Cavada, explicaría en sus conferencias, cómo la cultura, el idioma y los valores ibéricos compartidos eran la base moral para que repúblicas como el Perú alcanzaran la grandeza en el siglo XX.

Cuando las luces del teatro se apagaron y Carmen Flores partió de Chiclayo, el silencio no logró borrar lo vivido. En las angostas calles chiclayanas se quedó flotando, como un perfume invisible, el rastro de sus pasos, la picardía de sus gestos y el desgarro de sus melodías. Aquella visita de 1925 no fue un simple suceso de cartelera; fue un relámpago que encendió el alma de una ciudad, al igual que las reflexiones de Angulo Cavada  compartidas a la juventud local, en el Club “Unión y Patriotismo”.  

Al evocar hoy la figura de Carmen Flores, se entiende que el eco de sus canciones no se perdió en el olvido: se transformó en memoria pura. Carmen Flores así como Carlos Angulo Cavada en Chiclayo fueron, en definitiva, ese instante mágico donde el arte y la palabra lograron ser capaces de unir mundos e iluminar una época, que ni el paso de un siglo ha podido borrar.

SE HA CONSULTADO:

-La “Revista Centenaria” de Chiclayo (1935).

-Revista “Mundial” de Lima del 30 de octubre de 1925 # 281.

-Datos diversos obtenidos en línea.

 

 

 

 

 

 

 

 

 


jueves, 17 de septiembre de 2026

DON EUGENIO MOYA Y EL RENACER DE UNA CIUDAD

 



DON EUGENIO MOYA Y EL RENACER DE UNA CIUDAD

Don José Eugenio Moya Ocas nació en 1830 bajo las brisas de la serranía de Cajamarca. Hijo de don Domingo Moya Rayco y doña Martina Ocas, a pesar de no haber nacido en Chiclayo, don Eugenio entregó su existencia entera al progreso espiritual y material de esta tierra. En la zona norte del país, consolidó un prestigioso entorno social y empresarial vinculado activamente a los rubros de la minería y el comercio.

Formó su hogar junto a doña Carmen Manuela Arenas Carranza (1856–1945), edificado bajo arraigadas virtudes, sentido cívico y profunda solidaridad. De esta unión nacieron sus hijos: Matilde Moya Arenas (posteriormente matrona, Sra. Matilde Moya viuda de Ortigas) y Vicente Moya Arenas.

A través del matrimonio de su hija Matilde con don Honorio Demetrio Ortigas Limo —hijo del exalcalde don Claudio Ortigas Figueroa—, la estirpe de don Eugenio se entrelazó con una de las alianzas genealógicas e históricas más influyentes del Chiclayo de finales del siglo XIX. 

Durante la trágica conflagración de la Guerra del Pacífico y el posterior periodo de ocupación chilena, los valles chiclayanos sufrieron graves estragos en su economía agrícola e infraestructura urbana. En estas horas oscuras, don Eugenio Moya actuó con una postura de rigurosa neutralidad política para salvaguardar a la población golpeada por las expediciones militares convirtiéndose en un verdadero faro de humanidad.

Durante la ocupación chilena, Eugenio Moya formó parte de la “Junta Económica Auxiliadora”, junto con Manuel Mariátegui, Mariano Polo, Ángel González, Benigno Bullón y Pedro P. Chacaltana. Esta junta tuvo que afrontar el problema de los cupos impuestos por las fuerzas chilenas.

                                                                        EL CHICLAYO DE ESOS AÑOS

Lideró e impulsó juntas de auxilio y redes de apoyo social, organizó y promovió ollas de caridad, financió, de su propio bolsillo e iniciativa, alimentación, refugio y cobijo para muchas familias desplazadas y arruinadas por los saqueos y la violencia de la contienda.

Al retirarse las tropas de ocupación en octubre de 1883, las arcas municipales estaban vacías, la infraestructura pública devastada y el comercio local paralizado. Don Eugenio Moya asumió la Presidencia del Concejo Municipal (Alcaldía Provincial de Chiclayo) en dos oportunidades (durante periodos de algunos meses en los años 1884 y 1886), Para 1884 estuvieron: el Dr. Ramón Navarrete Cayo finalizando su periodo a inicios de ese año, Herman Klinge Schwarting, Eugenio Moya, y Miguel Palacios respectivamente; y para 1886: Carlos Pestana Vélez, Eugenio Moya, Juan Manuel Maradiegue Bullón y Claudio Ortigas quien continuó hasta 1889).

Su administración fue el pilar del inicio de la Reconstrucción Nacional en Lambayeque, caracterizándose por una férrea austeridad y eficaces ejes de gestión:

Institucionalización y Finanzas Municipales: Reorganizó las rentas del Concejo Provincial que habían quedado desfinanciadas, reactivando con éxito el cobro de arbitrios comerciales para financiar las obras de necesidad urgente. Moya colaboró firmemente en la reactivación y sostenimiento económico de comisiones de vecinos y cuerpos de vigilancia urbana (guardias de paz) para restablecer el orden público, patrullar las calles céntricas y proteger los comercios que recién comenzaban a reabrir.

Reordenamiento y Limpieza Urbana: En alianza con el ilustre ciudadano alemán Hermann Klinge, emprendió la remoción de escombros, limpieza y recuperación del casco urbano y del destruido Parque Principal. (Pese a que la obra de la plaza se inició con el alcalde Gálvez fue don Ramón Navarrete Cayo, quien como alcalde le tocó inaugurar el 28 de julio de 1878). En 1884, al término de la ocupación chilena, la otrora bella plaza principal quedó arruinada habiendo perdido toda su prestancia, los señores Eugenio Moya y Hermann Klinge, como presidentes Municipales asumieron la tarea de recuperación del parque post guerra.

Amplió el empedrado en los alrededores del mercado y centro histórico, conectando el tránsito con las salidas a distritos vecinos. Asimismo, trazó y mejoró antiguas calles; entre ellas, la emblemática calle San Lino, que en homenaje perpetuo a su dedicación pasaría décadas después a ser bautizada como la Calle Eugenio Moya. Esto significaba que la calle que lleva su nombre no era solamente una referencia honorífica moderna, quedó incorporada a la estructura urbana de Chiclayo y fue durante décadas uno de los límites orientales del casco urbano.

                                                                 CHICLAYO PARA LA DÉCADA DE 1880

Apoyó la refacción y pintura de las fachadas del Convento e Iglesia Matriz, que sirvieron como cuartel temporal chileno. Se formó una comisión para recaudar dinero y reparar el colegio “San José”. Eugenio Moya fue uno de los encargados de ejecutar los trabajos, junto con Miguel Laca, Alfredo Lapoint y otros. Claudio Ortigas fue tesorero de la comisión. El colegio pudo volver a abrir sus puertas en 1888. La labor constructiva de don Eugenio Moya dejó marcas indelebles en el equipamiento e infraestructura básica que la ciudad requería con urgencia:

Convencido de que la educación era la única fuerza capaz de redimir y proyectar al pueblo hacia el porvenir, su principal preocupación fue la niñez y la clase trabajadora durante el tiempo que estuvo encargado de la Presidencia Municipal en 1884:

Escuelas Municipales (1884): Fundó y dotó con todas las comodidades —pagando de su propio peculio a numerosos maestros— tres escuelas de niñas, dos escuelas de varones y una escuela dominical para la clase trabajadora. Confió la dirección de los planteles a destacados intelectuales de la época, entre ellos don Juan de Dios Lora y Cordero.

Hombre enteramente humano y de noble alcurnia moral, la residencia de don Eugenio Moya era frecuentada diariamente por personas de escasos recursos que encontraban en él un amor paternal y auxilio económico directo.

                                           CALLE BALTA SUR MIRANDO AL PARQUE UNOS AÑOS DESPUÉS

Su rectitud y grandeza inspiraron los versos del poeta Don José Rivadeneira, dedicados al ilustre caballero:

«Rival, Moya ilustre, de genios preclaros;

que al pueblo has mostrado su norte y su fin:

«¡No más ignominia, ni error!» le dijiste:

«del bien y del orden la senda seguid».

Segui, Concejales, la empresa sublime,

que habéis implantado, con grande loor,

y haceos del pueblo, tribunos amantes,

dignos como Moya, de igual galardón.»

 

Don Eugenio dejó consolidadas las bases institucionales, materiales y morales sobre las cuales Chiclayo se expandió al ingresar al siglo XX. Su vida encarnó el verdadero significado del civismo, la austeridad y la caridad desinteresada en favor del bien común.

SE HA CONSULTADO:

-Diario “El País” de Chiclayo del 25 de julio de 1955- Artículo firmado por el Prof. Sergio Bermejo – (Cortesía del compilador Julio G. Gamboa Vera – BNP).

-Impacto de la Guerra del Pacífico en Lambayeque, 1879‐1886- Simposio Internacional “Guerra del Pacífico: Agendas para el siglo XXI” 2010 de José Gómez Cumpa.

- “Galería de Lambayecanos Ilustres” (1966) editado por el Instituto Experimental N° 17 de Chiclayo. (Colegio Leoncio Prado hoy C.E. # 11001)

-Historia del Colegio Nacional de “San José” de Chiclayo. 1959 por Alejandro Araujo Román.

-Relación de alcaldes de Chiclayo (1578-2011): Trabajo sin publicar del periodista Carlos Zuloeta Aguinaga (2011).

-Consultas en línea del internet.