sábado, 27 de junio de 2026

LA HAZAÑA DE TSCHIFFELY: A 100 AÑOS DE SU PASO POR CHICLAYO (1926)

 

LA HAZAÑA DE TSCHIFFELY: A 100 AÑOS DE SU PASO POR CHICLAYO (1926)



En la década de 1920, el mundo aún guardaba rincones indómitos y distancias que parecían insalvables. Fue en ese escenario donde un profesor suizo radicado en Argentina, Aimé Félix Tschiffely, concibió una de las mayores epopeyas de la historia moderna: unir Buenos Aires y Nueva York a caballo. Muchos tildaron la empresa de suicida; la prensa vaticinaba un fracaso rotundo ante la geografía implacable del continente. Sin embargo, Tschiffely no solo confiaba en su determinación, sino en la resistencia legendaria del caballo criollo argentino. Así, junto a Gato y Mancha —dos ejemplares rústicos de más de quince años de edad—, inició un viaje de más de 16,000 kilómetros el 23 de abril de 1925.

Tschiffely escribió la crónica de su viaje en 1933, en un libro titulado: “Ten Thousand Miles in the Saddle from Southern Cross to Pole Star” (“10,000 millas a caballo desde la Cruz del Sur hasta la Estrella Polar”).


El año 1926 marcó un capítulo crucial de esta aventura cuando la expedición pisó suelo peruano. Tras cruzar los sobrecogedores y helados valles andinos y descender hacia la costa del Pacífico, Tschiffely se topó con el desierto norteño, un territorio donde el calor sofocante y los arenales ponían a prueba el temple de cualquier viajero. Años después, recordaría este tramo con las siguientes palabras:

“Al llegar a los desiertos del Perú, sentí que me abandonaban mis fuerzas. Repuesto de un desmayo prolongado, observé a mis dos compañeros; tuve la sensación de que mi raid había terminado. Apenas tenía fuerzas para levantarme. Vi a Mancha y a Gato con la cabeza baja; resoplaban ansiando aire, asfixiados en un ambiente de infierno […]”.

Sin embargo, al acordarse de las promesas hechas al Dr. Octavio Peró, al diario La Nación y a Emilio Solanet —quien le había obsequiado los caballos—, así como de la energía que le enviaban sus amigos, se dijo a sí mismo: «Seguí, gringo; levántate, gringo». Fue en uno de esos tramos, avanzando entre la fatiga y el polvo, donde la silueta de Chiclayo emergió en el horizonte como un auténtico oasis de hospitalidad.

                                                                        TIEMPO DE SU PASO POR PERÚ

La llegada de Tschiffely y sus dos compañeros de cuatro patas a Chiclayo, entre fines de mayo y principios de junio, rompió la monotonía de la apacible ciudad norteña. La noticia de un extranjero que cruzaba el continente a caballo ya se había corrido como la pólvora, y el pueblo chiclayano, conocido por su calidez y espíritu entusiasta, se volcó a las calles para recibirlo. Para las familias locales de la época, ver entrar a Gato y Mancha —cansados pero firmes, fue un espectáculo inolvidable. En aquel entonces, los medios de transporte hacia los distritos cercanos seguían siendo rústicos o a lomo de burro, por lo que ver a estos imponentes caballos patagónicos cruzar las calles principales causó un verdadero revuelo.

Tschiffely relataría con gran gracia que, en los caminos de entrada a los pueblos norteños, las cargas de pasto que llevaban los burritos eran tan gigantescas y los animales tan pequeños, que a la distancia parecía que los enormes fardos de alfalfa caminaban solos por el sendero.

En Chiclayo, Tschiffely encontró un respiro necesario. El jinete aprovechó la parada para revisar los herrajes, limpiar los aperos y, sobre todo, permitir que sus caballos descansaran y se alimentaran bien con el excelente forraje de la región. Las crónicas de la época y los recuerdos transmitidos entre generaciones narran cómo el suizo, con su trato afable y pausado, conversaba con las autoridades locales y los arrieros de la zona, quienes miraban con profundo respeto y asombro la fortaleza de los animales criollos, tan diferentes a los caballos locales.

                                                                                      GATO Y MANCHA

La preparación de Tschiffely en Chiclayo no estuvo enfocada en el lujo, sino en la supervivencia extrema para el tramo que se avecinaba: el temido desierto de Sechura. Su prioridad era llevar un equipo super reducido y adaptado. Mandó fabricar odres especiales para el abastecimiento de agua; adquirió anteojos protectores para él y buscó telas para proteger los ojos de los caballos contra las tormentas de arena y el sol cegador. Además, cambió su dinero a monedas de plata física, ya que en las zonas rurales del norte del Perú el papel moneda no era aceptado para comprar forraje o pagar a los guías.

Como Tschiffely viajaba con cartas de recomendación de diplomáticos y del diario argentino La Nación, al presentarlas ante el alcalde y los clubes sociales de Chiclayo se le abrieron las puertas de las mejores caballerizas de la zona. Las autoridades departamentales le otorgaron facilidades, salvoconductos oficiales y cartas de presentación para continuar su camino, mientras que los arrieros locales le enseñaron la técnica de viajar estrictamente de noche, guiándose por las estrellas y la luna para evitar que el calor extremo sofocara a los animales.

Pocos días después, con las alforjas renovadas y el agradecimiento a flor de piel, Tschiffely, Gato y Mancha se despidieron de Chiclayo antes de adentrarse de lleno al desierto de Sechura, en los límites de Lambayeque, a la ciudad de Lambayeque la describió así:

“Llegué a una pequeña ciudad llamada Lambayeque, el patio de la comisaría estaba lleno de caballos que parecían estar a punto de morir de sed y hambre; habían sido robados y esperaban ser reclamados por sus legítimos dueños […] Llevé a todos los caballos al agua junto con los míos, les compré a todos una buena ración de comida, aunque con esto probablemente solo prolongué su sufrimiento”.

También nos relata lo siguiente sobre su estadía: en muchas de las comisarías de policía donde durmió, vio inscripciones patéticas escritas en las paredes, tales como: «Aquí sufrió inocentemente durante dos meses Juan Rodríguez, víctima de sus desvergonzados enemigos políticos», o “El buen y patriótico ciudadano peruano Pedro Álvarez pasó hambre y lloró aquí durante 6 meses”. Incluso en varios cementerios vio epitafios curiosos como: “Aquí yacen eternamente los restos mortales de X, por haber robado una mula perteneciente a Y», y en otro lugar encontró: «Aquí yacen los huesos de X, un buen hombre, pero un mal peleador”.

Para evitar lo peor del desierto, tuvo que variar su ruta atravesando un desfiladero en la montaña llamado Portachuelo, llegando así a Olmos, donde la comisaría local fue su lugar seguro de hospedaje. Al día siguiente, tras avanzar unas tres millas, acampó. Las únicas cosas que le perturbaron durante la noche fueron numerosas ratas; incluso una de ellas llegó a morderle una oreja. Por la mañana, encontró su alforja con un gran agujero hecho por los roedores para alcanzar el azúcar y las galletas, a pesar de que siempre tomaba la precaución de engrasar todos sus implementos de cuero con aceite de ricino, cuyo olor solía alejar los roedores.

                                                            FOTOGRAFÍA TOMADA POR TSCHIFFELY

Sin embargo, el paisaje también le ofreció sorpresas agradables. Gracias a las lluvias casi milagrosas de los últimos dos veranos, había abundancia de pasto alto; tan alto en algunos lugares que no podía ver por encima de él a menos que se parara sobre el lomo del caballo. En las zonas donde el campo era abierto y rocoso, grandes lagartijas verdes e iguanas se asoleaban; las primeras tenían el peculiar hábito de mover una de sus patas delanteras como si hicieran señas para que uno se acercara, al intentar dar de beber a sus caballos en los pozos del camino, se dio cuenta de que el agua era sumamente salobre y amarga. Felizmente, los animales rechazaron el líquido, obligándolo a racionar el agua limpia que llevaba en los odres de cuero. En este trayecto también tuvo que luchar contra los jejenes (moscas de arena) y las garrapatas en sus caballos.

En el horizonte les aguardaba el imponente desierto de Sechura, la frontera ecuatoriana, las selvas de Centroamérica y, finalmente, las luces de la Quinta Avenida en Nueva York, a donde llegarían triunfantes en septiembre de 1928. Sin embargo, en la memoria colectiva de Chiclayo quedó para siempre grabado aquel año de 1926, cuando la mayor hazaña ecuestre del siglo XX cruzó sus calles, demostrando que no hay distancia imposible cuando se cabalga con el corazón.



SE HA CONSULTADO:

-“El viaje a caballo mas largo de la historia” de Scott Seegers en “Selecciones del Reader’s Digest”de octubre de 1970.

-Revista “Variedades” de Lima # 1224 del 19 de agosto de 1931.

-Diario “La Nacion” de Argentina del 28 de febrero de 1998.

-“La Nación- Magazine”. Buenos Aires, Domingo 13 de octubre de 1929- # 15.

-“Ten Thousand Miles in the Saddle from Southern Cross to Pole Star” de Aimé Tschiffely. (1933).


martes, 9 de junio de 2026

BERTA SINGERMAN: LA VOZ POÉTICA QUE ENCENDIÓ CHICLAYO

 

BERTA SINGERMAN: LA VOZ POÉTICA QUE ENCENDIÓ CHICLAYO



La actriz de origen bielorruso Berta Singerman Begun (Hoy, Bielorrusia 1901/ Buenos Aires-Argentina 1998), fue una cantante y actriz que realizó su carrera en Argentina, quien se dedicó a difundir la poesía en escena pues tenía un estilo de declamación que cautivaba al público en donde se presentara, reconocida por su voz única y su capacidad de transmitir emociones a través de la poesía.

Alcanzó fama internacional en la década de 1930 y 40 del siglo XX recorriendo America y Europa. Singerman no era una simple recitadora sus presentaciones eran verdaderos acontecimientos teatrales de masas. Era la época en que la poesía se vivía con fervor casi pasional, llenando teatros y plazas, dejando una huella imborrable en las sociedades locales.

Es en la década de 1940 que Chiclayo la recibió con la distinción que se le otorgaba a los más altos dignatario del arte; la trajo la Empresa Peruana Parlante, bajo la dirección del Sr. Jorge Carcovich para presentarse en el teatro Dos de Mayo. Esta artista movilizó a la bohemia local, a los círculos literarios y a los periodistas de los diarios de la época; en sus recitales resonaban con una fuerza dramática Impresionante las voces de Pablo Neruda, Gabriela Mistral, Alfonsina Storni y Federico García Lorca entre otros.



Sus presentaciones solían registrar llenos absolutos con palcos abarrotados por las familias más representativas y plateas colmadas de estudiantes, maestros y amantes de las letras. Quienes la vieron en Chiclayo no solo escucharon poesía sino presenciaron un fenómeno físico; Singerman utilizaba todo su cuerpo, gestos dramáticos más el juego de luces que exigía para crear un ambiente de penumbra y misticismo, tenía una dicción perfecta que hasta en la última fila del Teatro Dos de Mayo se podía percibir el susurro más leve de un verso de amor o el grito trágico de una elegía.

No era raro que al terminar sus recitales (que fueron tres) el escenario quedará cubierto de flores y que la concurrencia la esperara a la salida del teatro para ovacionarla y acompañarla en caravana hasta el Hotel “Europa” de la calle Elías Aguirre donde estuvo hospedada. Su influencia fue tal que tras su Gira por Chiclayo se desató una auténtica fiebre por la declamación, inspirando a jóvenes locales a cultivar el arte de la oratoria poética y teatral.

Nuestro recordado Nicanor de la Fuente “Nixa” nos cuenta cómo fue su encuentro con ella ya que, como jefe de zona de la Empresa Peruana Parlante, se encargó de llevarla a cenar en el antiguo Club de la Unión en los altos de “Los Portales”, después de sus actuaciones, conversando diversos temas de arte, de poetas que había conocido etc.

El día de su partida a Piura estando en el vestíbulo del hotel “Europa” se encontró con varios personajes entre ellos con María Rosa Macedo Cánepa (Pisco 1909/ Lima 1991), la excelente autora de las obras narrativas “Ranchos de caña” (1941) y “Hombres de tierra adentro” (1948), Berta Singerman se la presentó y cuando ambos escucharon sus nombres se abrazaron con afecto, llamándolo poeta a Nixa, Interviniendo inmediatamente la Singerman preguntando: “¿Cómo no me ha dicho usted que es poeta? ¿Cómo usted que es tan gentil?, no me ha obsequiado sus libros, a lo que Nixa le responde: Yo pensaba en sus maletas abrumada de trajes y de compras hechas en cada lugar de sus pasajes; fue entonces que le entregué El libro de los tránsitos eternos, libro breve que ella guardó en su cartera junto con el lápiz labial y otros objetos femeninos. Recuerdo que me dijo: Lo leeré en el viaje, debió haber sido así porque poco después recibí una foto suya y una carta”.

                                                                        MARÍA ROSA MACEDO CÁNEPA

Se contaba que en una de sus noches de presentación, como era sabido existían imprevistos técnicos debido a las limitaciones de la Planta eléctrica local; la sala estaba abarrotada, el público contenía el aliento, Berta se encontraba en medio de una de sus interpretaciones más dramáticas y de fuerte carga social, un poema que recreaba la atmósfera asfixiante oscura y trágica de una mina:” ¡Abajo!....¡Mas abajo!../Donde la luz se olvida de que existe/donde la tierra es madre que no abraza/ donde el aire es un humo que envenena/y el sudor es el precio de la masa”.(Del poeta y periodista argentino José de España – Titulada: “La Mina”). Sucediéndose un apagón que sumó un efecto teatral perfecto a una obra que ya era oscura y conmovedora por sí misma, en algún otro espectáculo convencional esto habría significado el caos, murmullos o suspensión inmediata de la función, sin embargo, lo que ocurrió demostró el absoluto control hipnótico que Berta Singerman tenía sobre su auditorio, nadie se movió de su asiento, no hubo quejas, sólo se quedaron inmóviles subyugados por la voz que seguía resonando desde el escenario. Por su lado Berta, lejos de amedrentarse o detenerse a esperar que volviera la luz aprovechó la oscuridad como una perfecta escenografía natural, moduló su voz continuando su declamación, al notar el público que la artista continuaba recitando el poema, de manera espontánea y silenciosa empezaron a encender fósforos y encendedores desde sus asientos convirtiéndose así en un mar de docenas de pequeñas luces parpadeantes. Al terminar de recitar hubo unos segundos de silencio seguido por una de las ovaciones más largas y estruendosas que se recuerde en las crónicas teatrales de la región; la luz regresó poco después, pero para los asistentes ese accidente eléctrico convirtió una gran función en un recuerdo imborrable.


Uno de los efectos más curioso de su visita a Chiclayo fue la oleada de imitadoras y seguidoras que dejó a su paso, Durante el año en las actuaciones escolares o veladas literarias musicales se intentaba copiar la dicción, el dramatismo gestual y hasta la forma de vestir de Berta Singerman. Se apagaron los aplausos y pasaron las décadas, pero el paso de la gran Berta Singerman demostró que el público chiclayano poseía una sensibilidad universal; aquella voz que encendió la ciudad quedó grabada para siempre en la memoria de los lambayecanos, como el día en que la poesía misma bajó a caminar por sus calles estrechas.

SE HA CONSULTADO:

-Bertha Singerman: en “A Propósito” por NIXA en diario “La Industria” de Chiclayo del 24-10-2004

-Diario “La Crónica “de Lima del 14-08-1955  Suplemento Dominical “Reportajes con Radar” por Ernesto More. (Colección: V. M. Boggiano F.).

-Datos diversos del Internet.


lunes, 1 de junio de 2026

UN ESPAÑOL ENAMORADO DE CHICLAYO

 

UN ESPAÑOL ENAMORADO DE CHICLAYO


                                                                                       "EL MANGAS"

Corrían los inicios de la década de 1930 cuando llegó al Perú una cuadrilla bufa que recorría el país contagiando alegría. El destino quiso que hicieran sus presentaciones en Chiclayo, en la antigua Plaza de Toros de Don Francisco Cassareto, cuya entrada colindaba con la apacible Plazuela Elías Aguirre.

Hubo una época en que los cosos taurinos se colmaban de niños y adultos para presenciar un arte hoy casi extinto: el toreo cómico, el verdadero corazón de la fiesta popular. En el norte peruano, una figura brilló con luz propia: José Fernández García, conocido en el ruedo como "El Mangas". Este torero bufo de una gran estatura (casi 2 metros) no solo lidiaba toros con una maestría singular, sino que se adueñó por completo del afecto de una ciudad entera. Chiclayo lo adoptó de inmediato como a un hijo ilustre del humor y la picardía.

Al descubrir esta tierra de sol generoso y calles angostas, "El Mangas" sintió el eco de su lejana patria. Chiclayo lo hizo sentir en casa, y aquel suelo norteño se convirtió en su plaza definitiva. Nacido en Sevilla el 4 de septiembre de 1887 (sus padres fueron: Antonio Fernández y Concepción García), el torero decidió echar raíces profundas en el Perú. Se transformó en un chiclayano más cuando, alrededor de 1935, se unió para toda la vida con la señorita Luisa Olivera Piedra, unión de la cual nacieron sus dos amados hijos: José Antonio y Paul Gualberto.


                                        "EL MANGAS" JUNTO AL "EL VIZCAINO" Y CELESTINO CIEZA

La vida, sin embargo le pondría dificultades como fue que, en una corrida en Chota, pierde un ojo, pero la valla más alta se da en la década de 1940, cuando un trágico accidente automovilístico le arrebató un brazo, dañando severamente el cuerpo de aquel artista. Pero el hombre que tantas veces había hecho reír a la multitud se negó a ser vencido por la adversidad. Aferrado al amor de su familia y a su entrañable tierra adoptiva, se reinventó: al no poder volver a los ruedos, fundó la banda de músicos "El Mangastre" —una pícara variación de la famosa banda española "El Empastre" (Que era una banda cómico taurina musical que combinaba piezas musicales populares con parodias y el toreo cómico) para después convertirse en un respetado empresario taurino, organizando memorables corridas en las plazas de Chiclayo y Tumán durante los años 40 y 50 recordándosele por su vínculo con la época de oro de la Plaza de toros de Tuman y el ambiente taurino de Chiclayo, organizando también festivales taurinos en la plaza de Acho, existiendo una foto junto a Manolete.

                                                                  A SU LADO DE "MANOLETE" EN LIMA

Tenía una filosofía la cual estaba llena de optimismo: “¿Por qué maldecir la vida?......A mí me falta un brazo y un ojo y no me quejo ni digo naaaa!y si alguien quiere comprar el ojo y brazo que me queda, ay se lo vendo ¡Pa camina basta con los  - pies!”.Solía decir también: “¿Acaso solo el “parné” (dinero) puede procurarnos la felicidad? – y replicaba ¡También se vive alegre con los bolsillos rotos ¡”.

                                                    "EL MANGAS" JUNTO A VIOLETA PEREDA Y 
                                                             EL TORERO CHICLAYANO PACO CESPEDES

El 2 de enero de 1960, el viejo torero cerró los ojos por última vez en el hospital de las Mercedes de Chiclayo víctima de la bronconeumonía (Certificó su defunción el Dr. Juan de Dios Ruiz Murgueitio y testigos fueron dos personas ligadas a la tauromaquia como lo eran Amado Lora y César Quiñones). Se marchaba el hombre, pero nacía la leyenda local. Hoy, cuando la tarde cae y el sol de Chiclayo tiñe de oro sus calles, parece escucharse el eco de las risas antiguas y el compás de un pasodoble. José Fernández García, "El Mangas", demostró que no se es del lugar donde se nace, sino de la tierra donde se lucha, se ama y se deja el corazón. Sevilla le dio la vida, pero Chiclayo le dio la eternidad, guardando para siempre el recuerdo de aquel español que cambió los aplausos del viejo continente por el eterno romance con la Capital de la Amistad, jamás se le percibió un suspiro de nostalgia por su España querida al contrario repetía siempre su amor por Chiclayo.

SE HA CONSULTADO:

-Estampas Lambayecanas: “Sangre, Capotes y Estoques” por Alfonso Tello Marchena en “El Tiempo” de Piura del 12-02-1967.

-Entrevista y archivo de Héctor Bustamante Olivera (sobrino-nieto de “El Mangas”).

-Entrevista y archivo de Martín Cespedes L. (Hijo del torero Paco Céspedes)

-RENIEC: Partida de defunción.