A 60 AÑOS DE LA PARTIDA DE CHICLAYO A CALIFORNIA DE UN GIGANTE (1966)
El mes de
setiembre de 1966 quedó grabado en la memoria colectiva de Lambayeque como el
inicio de una de las hazañas ecuestres más audaces del siglo XX. Un joven
norteamericano de 25 años y más de dos metros de altura, Verne Albright, se
propuso demostrar al mundo la resistencia inquebrantable del Caballo Peruano de
Paso. Su meta: recorrer más de 10,000 kilómetros desde el norte del Perú hasta
Los Gatos, California. Sin embargo, antes de desafiar la geografía de once
naciones, el "gringo gigante" tuvo que sortear un laberinto
burocrático, adaptar su fisonomía a las costumbres locales y recibir el calor
de un pueblo que lo despidió con honores de Estado.
La aventura
no empezó en los caminos, sino en las oficinas públicas. En Lima, Albright
logró el crucial respaldo de la Asociación Nacional de Criadores, obteniendo
los permisos sanitarios correspondientes, y de la Cancillería, cartas de
recomendación y pasaportes diplomáticos especiales para él y sus cabalgaduras.
No obstante, al trasladarse a Lambayeque, la realidad norteña le deparó una
inesperada trampa burocrática.
Las
autoridades de la Zona Agraria local, con un estricto celo institucional,
dictaminaron que los papeles de la capital no eran suficientes. Al estar los
animales en la región, se exigió repetir minuciosamente las inspecciones in
situ. Verne se vio atrapado en un bucle de análisis de sangre, vacunas
contra el carbunclo y la peste equina, y plazos de vigencia que vencían antes
de obtener el siguiente sello. También se tramitaron las constancias de
registro genealógico de las yeguas. Fue necesaria la intervención directa del
Prefecto del departamento para destrabar el papeleo y dar luz verde a la
expedición.
El cuartel
general y base logística para los entrenamientos finales se instaló en el fundo
del reconocido agricultor y criador local Jorge Baca Aguinaga. Allí se
congregaron los dos ejemplares, Hamaca, una yegua de extraordinaria genética y fortaleza que
procedía directamente de las caballerizas de la tradicional Hacienda Pucalá, el capón llamado Inca (caballo fuerte y noble) y la yegua Ima Sumac. Los conocedores le explicaron que las yeguas tenían un temperamento, una
fidelidad, resistencia y un sentido de orientación incomparables para ese tipo
de travesía.
En los días
previos a la partida, el fundo de Jorge Baca se convirtió en un taller de
experimentación. Las tradicionales alforjas chalanas de hilo, aunque hermosas,
eran insuficientes para llevar las provisiones, las herramientas de herraje,
las medicinas y el equipo de acampar para un viaje de un año. Asimismo, se
tuvieron que adaptar los estribos de cajón lambayecanos, modificándolos ya que
los pies de Verne eran demasiado grandes. Se diseñaron alforjas especiales de
cuero crudo, mucho más amplias y pesadas, lo que obligó a realizar extenuantes
caminatas de prueba por los arenales cercanos para que Hamaca, Inca e Ima Sumac se
acostumbraran al inusual peso y balance del equipaje.
Recibiendo
también consejos de los lugareños ante el ataque nocturno de los murciélagos,
Verne contaba que le parecía una superstición extraña cuando los peones del
fundo “Baca” insistían en amarrar pencas de sábila (Aloe vera) cerca del
pesebre de las yeguas; para un estadounidense de 25 años aquello sonaba a
folklore, pero el respeto que le tenía a los hombres de campo de Lambayeque lo
hizo acatar el consejo al pie de la letra.
El día de
la partida de Reque, Albright fue recibido a la altura de la “Quinta Muro” (al
sur de la ciudad) por un grupo de chalanes que lo acompañaron en su recorrido
por la Av. Bolognesi y la Av. Balta hasta llegar al Parque Principal para
dirigirse al Club de la Unión, donde le ofreció un coctel de despedida el Sr.
Jorge Baca Aguinaga. El Parque Principal de Chiclayo se convirtió en un
hervidero cívico. Frente a la imponente Catedral, las máximas autoridades de la
región se dieron cita para otorgar un carácter de misión oficial y diplomática
al viaje. Presidiendo el acto civil aquel sábado 17 de setiembre de 1966,
estuvo el alcalde provincial, Jorge Gómez Sánchez García, acompañado en el
estrado por otras autoridades como el Ing. Carlos Luna de la Fuente (Presidente de la Asociación de Caballos Peruanos de Paso) quien había llegado desde Lima. El acto fue un evento cívico breve pero muy
emotivo, donde se le entregaron a Albright cartas de saludo y documentos oficiales
de buena voluntad que él debía presentar ante las autoridades de los distintos
países que cruzaría en su camino hacia California.
El fervor
tradicional de la época se hizo presente cuando una autoridad eclesiástica de
la Diócesis se acercó para bendecir a los viajeros; con agua bendita, el
religioso encomendó a Dios a Verne, las alforjas y las frentes de Hamaca, Inca e Ima
Sumac, pidiendo protección contra los peligros del camino.
Fue en ese
momento donde la plaza estalló en murmullos y sonrisas por una anécdota visual:
Verne Albright, con sus más de dos metros de estatura, hacía ver a los caballos
de paso —típicamente de alzada mediana— sumamente pequeños. Los fotógrafos de
la prensa local sufrían para encuadrar en una sola toma la imponente e inusual
estampa del gigantón norteamericano convertido en un chalán de exportación,
partiendo al mediodía.
El broche
de oro de la jornada lo puso el cuerpo policial chiclayano para abrir paso
entre la multitud y rendirle honores, los chalanes que lo recibieron a las
afueras de la ciudad escoltaron la salida del imponente jinete. El contraste
fue inolvidable y generó un momento de alta emoción: el rugido de los motores,
los bocinazos de los automóviles y los gritos de "¡Buena suerte,
gringo!".
La escolta de
jinetes lo acompañó hasta los límites de la ciudad, justo donde termina el
pavimento urbano y se abría el desierto, cada uno de los veinte chalanes se despidieron dándole la mano deseándole buena suerte. Por delante, a Verne y sus yeguas les
aguardaba aquella implacable pampa de las dunas de Mórrope en el camino a
Sechura. Es en este tramo inicial que un grupo de hombres a caballo intentó
cerrarle el paso de forma sospechosa en pleno desierto. Albright, confiado en
las advertencias que le habían dado en Chiclayo sobre los bandoleros de los
caminos, no se detuvo: espoleó a sus yeguas y aprovechó el suave pero
rapidísimo andar del caballo de paso para dejarlos atrás sin darles oportunidad
de reaccionar.
A lo largo
del viaje, Albright demostró la resistencia única del caballo peruano de paso.
En Costa Rica cruzó el gélido “Cerro de la Muerte” (Cerro Buenavista) y en las
carreteras de Panamá tuvieron que lidiar con enormes camiones de carga que
pasaban rozando a las yeguas a toda velocidad, a lo que ellas respondieron con
una tranquilidad pasmosa. Llegó a Los Gatos, California, en marzo de 1967.
Allí, Hamaca, Inca e Ima Sumac encontraron su hogar definitivo, permaneciendo junto a
Albright el capón, y las yeguas como las orgullosas pioneras que abrieron el camino para la raza en
Norteamérica.
Tras el
éxito de su viaje, se dedicó por muchos años a promover la raza a nivel
mundial. Fue una pieza fundamental en la fundación de la American
Association of Owners and Breeders of Peruvian Paso Horses (Asociación
Americana de Propietarios y Criadores de Caballos de Paso Peruanos), importando
personalmente más de 200 ejemplares hacia los Estados Unidos.
Además de
su libro de memorias sobre la travesía, The Long Way to Los Gatos
(1999), y de manuales técnicos de equitación clásica del caballo de paso, en
sus últimos años Verne Albright se ha volcado con éxito hacia la literatura de
ficción histórica, escribiendo novelas fuertemente inspiradas en la riqueza
cultural y el pasado del Perú. Actualmente continúa residiendo en Calgary,
Alberta (Canadá) junto a su esposa.
A sesenta
años de aquella partida, la travesía de Verne Albright permanece como el
testimonio de un hombre que unió a todo Chiclayo tras las huellas de un
embajador silencioso y elegante: el Ccaballo Peruano de Paso.
FUENTES CONSULTADAS:
- Albright, Verne. The Long Way to Los
Gatos (1999).
- Diario La Industria de Chiclayo
del 16 y 17 de setiembre de 1966.
- Registros digitales.






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