jueves, 16 de julio de 2026

EL FUNERAL DE MANUEL MARÍA IZAGA EN CHICLAYO (1907)

 

EL FUNERAL DE MANUEL MARÍA IZAGA EN CHICLAYO (1907)



La muerte de Manuel María Izaga y Arbulú, ocurrida el 9 de septiembre de 1907, significó uno de los acontecimientos luctuosos de mayor impacto para la historia de Chiclayo a comienzos del siglo XX.

Nacido el 5 de agosto de 1831, hijo de José María de la Concepción Izaga Argüelles y Juana Arbulú y Clerk, se destacó como agricultor, empresario, político y hombre público. Fue diputado por Chiclayo (1886), senador por Lambayeque (1889) presidente de la Junta Departamental y un célebre mediador para evitar una guerra civil en 1884, cuando Manuel José Becerra y José Mercedes Puga amenazaban con tomar Chiclayo a sangre y fuego. De él se decía: “Cuando hablaba don Manuel María, nadie podía resistir a su palabra convincente".

Asimismo, fue uno de los principales impulsores del desarrollo agrícola de la región, especialmente de las haciendas Pucalá y Tabernas. Influyente mienbro del Partido Civil y durante toda su vida fue reconocido por su generosidad y su patriotismo. Casó con Emilia Virginia Caruel con quien tuvo ocho hijos.

                                                                        EL CHICLAYO DE ESOS AÑOS 

Nota de aclaración histórica: Manuel María Izaga y Arbulú fue alcalde encargado en 1875 de Chiclayo. La confusión habitual proviene de la homonimia con su sobrino Manuel María Izaga Lora, único hijo de su hermano José Ramon Rosendo con Rosa Lora, quien ocupó dicho sillón municipal en tres periodos diferentes pero en el siglo XX.

En los últimos días de agosto de 1907, don Manuel María Izaga emprendió un viaje hacia Europa. Su destino final era Londres, donde debía someterse a una delicada intervención quirúrgica. Iba acompañado por su médico de cabecera, el Dr. Ricardo Pazos Varela (destacado médico limeño que por entonces laboraba en Cayaltí).

Sin embargo, mientras viajaba en barco a pocas horas de arribar a Nueva York, sufrió una grave neumonía provocada por el brusco cambio climático del Atlántico Norte. La enfermedad terminó arrebatándole la vida antes de que pudiera llegar a Inglaterra.

La noticia llegó rápidamente a Chiclayo mediante un cable enviado desde Panamá. El impacto en la localidad fue enorme; la población, que aún mantenía la esperanza de verlo regresar restablecido, quedó profundamente conmovida. Centros sociales, instituciones obreras, autoridades civiles y religiosas, comerciantes, agricultores y ciudadanos particulares organizaron de inmediato comisiones para preparar las honras fúnebres.

Cuando el vapor Aconcagua, que transportaba sus restos, arribó al puerto de Eten en los primeros días de octubre, una multitud partió en un tren especial para recibirlo y rendirle homenaje. Esta comitiva estuvo conformada por las comisiones organizadas previamente y por la sociedad civil en general. Desde el puerto, el féretro fue trasladado a Chiclayo en medio de un cortejo considerado por la prensa de la época como uno de los más grandiosos que había presenciado el departamento. No solo acudieron vecinos de Chiclayo, sino también delegaciones provenientes de Lambayeque, Ferreñafe, Monsefú, Eten y Puerto Eten.

El tren especial, compuesto por un carro fúnebre acondicionado especialmente para la ocasión y varios vagones de primera clase abarrotados de pasajeros, fue recibido en la Estación de Chiclayo por un inmenso gentío calculado en más de mil personas.

El cadáver venía en un lujoso ataúd de caoba, primorosamente ornamentado con abrazaderas de plata y una placa del mismo metal en la parte superior con su nombre grabado. El féretro fue conducido en carroza hasta la residencia de la familia Izaga, ubicada en la calle San Isidro (vía que hoy lleva su nombre). Allí se instaló una solemne capilla ardiente en el salón principal, rodeada de una impresionante profusión de ofrendas florales.

A las 8:30 de la mañana del día siguiente, en medio de un multitudinario acompañamiento, los restos mortales fueron conducidos a la Iglesia Matriz de Chiclayo. En el templo se levantó un elegante catafalco adornado sobriamente con arreglos florales. La misa de réquiem fue celebrada por el cura vicario Jacinto Delgado, acompañado por otros sacerdotes y por los misioneros descalzos establecidos entonces en la ciudad. El oficio contó con la asistencia de distinguidas familias de todo el departamento, mientras una orquesta y un coro religioso interpretaban la música litúrgica.

Terminada la ceremonia, el ataúd fue llevado en hombros por los asistentes hasta el cementerio de Patazca, en medio de profundas muestras de respeto y silencio. Antes de proceder a la sepultura, destacados personajes pronunciaron sentidos discursos de despedida:


                                                      DOS DE LOS ORADORES EN EL SEPELIO DE IZAGA

Juan de Dios Lora y Cordero: Habló en nombre de los clubes De la Unión e Instrucción y Recreo.

Dr. Francisco Quiroz Vega (quien al año siguiente asumiría la dirección interina del Colegio San José): Pronunció un discurso a nombre de las instituciones obreras, reconociendo a Izaga como un benefactor de los desposeídos.

Maximiliano A. Campos Pizarro (entonces director del Instituto Departamental de Chiclayo y posterior tesorero de la Beneficencia Pública).

Eusebio Bravo (alcalde de Monsefú, pueblo donde el fallecido gozaba de gran estima por haber colaborado económicamente en la reparación de su templo y a petición como diputado logró se eleve a ciudad en 1888):

"(...) Con cuánta justa razón te llora este departamento que te contó entre sus preclaros hijos. Monsefú agradecida, Monsefú que te debe su título de ciudad, me ha enviado como su representante para que deposite sobre su tumba una siempre viva, en la cual está cifrada la gratitud de un pueblo entero (...)".

Tras los discursos, se procedió a la inhumación en la cripta especial sobre la cual se levantaría posteriormente el mausoleo de la familia Izaga. Entre las innumerables ofrendas florales destacó una corona con la inscripción: "La ciudad de Monsefú al eminente ciudadano Manuel María Izaga, defensor infatigable de los derechos del pueblo".


                                         CEMENTERIO DE PATAZCA DONDE FUE ENTERRADO M.M. IZAGA

El recuerdo de Manuel María Izaga se prolongó en el tiempo: A un año de su muerte (9 de septiembre de 1908): El periódico El Progreso publicó una extensa nota titulada "¡In Memoriam!", firmada con las iniciales P.P.CH. (atribuidas al reconocido médico Pedro Pablo Chacaltana Reyes), donde se leía:

(...) ¡Duerme en paz, querido amigo, el sueño eterno y tranquilo de los justos! Has partido para siempre al ignoto más allá, donde no sabemos si te será posible concentrar en un destello lo que fue tu radiante vida (...)".

En 1926: El diario La Crónica de Lima publicó el reportaje "Un chiclayano ilustre: Don Manuel María Izaga", acompañado de su retrato fotográfico y firmado por J.M.R.B. (iniciales que corresponden al periodista José María Reaño Bocanegra), reafirmando la vigencia de su legado casi veinte años después de su partida.

Hoy en día, sus restos reposan en el Cementerio Presbítero Maestro, en el Mausoleo de la familia Izaga en la ciudad de Lima y su nombre perdura en una de las arterias más importantes del centro histórico de Chiclayo, un homenaje permanente de la capital lambayecana a un hombre que unió a su pueblo tanto en vida como en el día de su último adiós.

FUENTES CONSULTADAS

La Tarde (Chiclayo), 12 de septiembre de 1907.

El Departamento (Chiclayo), 8 de octubre de 1907.

El Progreso (Chiclayo), 9 de septiembre de 1908.

La Crónica (Lima), 30 de mayo de 1926. (Documentos pertenecientes a la colección de V. M. Boggiano F.)

De la Fuente, Nicanor (Nixa). "Salvó a Chiclayo de una revolución sin suerte". En: Lundero, suplemento cultural de La Industria, 28 de diciembre de 1980.

De la Fuente, Nicanor (Nixa). Columnas "A Propósito": "Con el mismo nombre" (5 de febrero de 1995) y "El nombre de la calle" (2 de octubre de 2006). En: La Industria de Chiclayo.

Datos obtenidos del internet.

 

 


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